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El valor de lo sencillo
Hace unos años un colega vinculado indirectamente con la Nasa me contó
esta anécdota que nos ilustra sobre el riesgo de perdernos en
complicaciones innecesarias.
Se dice que hace casi medio siglo, en plena carrera espacial entre
Estados Unidos y la Unión Soviética, ambas potencias competían entre sí
por ser los primeros en llegar a la Luna. La vanidad, el dudoso valor
estratégico militar, el reconocimiento mundial, el prestigio científico
y sobre todo, el presupuesto de la Nasa y el aporte del estado al
equivalente ruso estaban aparentemente en juego.
La alta tecnología era, por supuesto, la clave. Tecnología y desarrollo
al servicio de cada problema, de cada detalle, de cada situación que se
iba a presentar. Los mayores retos giraban en aquella época alrededor de
los efectos de la ausencia de gravedad y demás factores de la vida en el
espacio. Ultimando detalles del proyecto se presentó un problema en el
que nadie había pensado. La experiencia significaba dos tareas, comunes
a toda exploración científica: la primera, hacer todo lo planeado; y la
segunda, tan importante como la primera, dejar registro de todo lo
hecho.
La informática no contaba todavía con los microchips de hoy, que la
hicieran fácilmente trasladable, y era obviamente esencial que los
astronautas estuvieran en condiciones, si fuera necesario, de efectuar
registros exactos en vivo y por escrito de cada vivencia, situación,
problema o descubrimiento. Aquí apareció la nueva dificultad: sin
gravedad, la tinta de los bolígrafos no corre.
Este pequeño y aparentemente insignificante punto pareció volverse
crucial por aquellos tiempos. El grupo que consiguiera solucionar esta
dificultad ganaría, al parecer, la Carrera Espacial. Nunca antes en toda
la historia del mundo la caligrafía había sido tan importante.
El Gobierno de Estados Unidos invirtió literalmente millones de dólares
en financiar a un grupo de científicos para que pensaran exclusivamente
en este punto.
Al cabo de algunos meses de tarea incansable, los inventores yanquis
presentaron un proyecto ultrasecreto. Se trataba de un bolígrafo que
contenía en su interior un mecanismo de minibombeo, que desafiaba la
fuerza de la gravedad. El artefacto era perfecto.
Este pequeño invento permitió destrabar, primero, un viaje a la Luna y,
después, produjo un cambio fenomenal en la fabricación de bolígrafos
(para bien y para mal, gracias a este episodio, toda una generación de
jóvenes pudo escribir grafítis obscenos y declaraciones de amor profano
en los techos de sus aulas y en los baños de todo el mundo).
Estados Unidos llegó primero a la Luna, pero ciertamente no fue porque
los rusos no hubieran podido resolver el tema de la tinta. De hecho,
ellos habían solucionado ese problema unas horas después de detectar la
dificultad planteada por la ausencia de gravedad… los científicos de la
Unión Soviética simplemente renunciaron a los bolígrafos y decidieron
reemplazarlos por lápices.
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